Cuando la lengua materna no ayuda

Estaba traduciendo tan tranquilo cuando he recibido una llamada precipitada de un amigo que me preguntaba el significado exacto en inglés de una palabra en castellano. Necesitaba saberlo para que la persona que se encontraba a su lado en esos momentos pudiera continuar con la traducción de un texto sobre decoración de interiores. Intentaban traducir del español al inglés el texto que tenían entre manos. Enseguida me di cuenta de que me iban a consultar vocabulario específico y que a esas alturas de la traducción había algún término que se les atascaba. Como mi lengua nativa no es el inglés, obviamente mi léxico es más limitado que en español y no quise arriesgarme con traducciones al azar (además descontextualizadas), así que consulté antes en Internet.

Reverso, Linguee, Word Reference, Oxford Dictionaries, etc. Herramientas que figuran en la pestaña principal del menú de mi navegador y que sin embargo el traductor (era traductora) no había caído en consultar. Deduje entonces que podía tratarse de alguien que estaba traduciendo un texto de forma esporádica, sin dedicarse normalmente a ello, y por ende ignorando que estos recursos están en la nube. Acerté cuando me dijeron que no ha estudiado nunca idiomas, pero que sus lenguas nativas eran el holandés y el inglés. Estupefacción total. Lo que quizá intentaban decirme era que la persona que traducía no tenía formación en lenguas, y menos en traducción.

Me vinieron a la cabeza varias cosas:

  • Que la traductora buscaba una escapatoria fácil de su laberinto esperando obtener la solución de alguien más experimentado que ella.
  • Que no sabía que la inmediatez de una traducción pasa siempre por el contexto de lo que se traduce, o lo que es lo mismo, hay que poner al consultado en antecedentes del tema que se va a traducir.
  • Que todo lo anterior la delataba como amateur o aficionada.

 

Está claro que no podía aventurarme a dar una traducción al tuntún sin enterarme de qué iba el tema, y que ella no podía esperar recibir una respuesta adecuada a su necesidad sin proporcionarme algo de contexto. Al fin logré echarle una mano y la traductora quedó satisfecha con el término que le propuse, eso sí, tras perder un buen rato e indagar en varias webs sobre terminología de interiores, con la que hasta ahora nunca he trabajado. Ya no podré decirlo más.

Después de la pequeña interrupción me asaltaron varias preguntas: ¿Es esta una manera profesional de solventar las consultas de traducción? Está claro que no, dado que se trataba de amigos ajenos al mundillo. ¿Que llamen a tontas y a locas, teniendo yo el tiempo limitado en medio de otros encargos? Desde luego que tampoco. ¿Traduce esta persona como rutina, lo hace por gusto, es aficionada? ¿Es consciente de que debería familiarizarse un poco con la profesión antes de tratarnos como diccionarios con piernas? Pues sí.

En fin, que nos pongamos como nos pongamos no podré conjurar los sobresaltos que deparan el mundo de la traducción y sus entresijos, porque tengamos en cuenta que está lleno de anécdotas, unas veces graciosas, otras inverosímiles (como esta, porque piensas: “¿van realmente en serio?”), y a veces de comentarios que no vienen al caso. Conste por adelantado que me lo tomo todo con humor, paciencia y aparcando la exasperación que al principio podría producir algo así. A estas alturas ya debería estar curado, ¿no?

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