Un primer salto para traductores

No son los primeros pasos que se dan al entrar en contacto por primera vez con una determinada actividad. Yo considero que se empieza a andar mucho antes de adquirir conocimientos sólidos sobre una materia, lo que no suele suceder hasta la universidad. En esta entrada quiero hablar de ese primer salto que quita el aliento, el que puede significar un empujón importante a nuestra trayectoria profesional, un espaldarazo en toda regla.

Muchas veces me he preguntado hasta qué punto está relacionada la enseñanza de una lengua con traducir, qué factores los une y cuáles son las diferencias que pueda haber. La duda se disipó cuando empecé a trabajar en una academia y me di cuenta de lo mucho que me ayudó el primer encargo de traducción (que me llegó a través de ellos) y que sirvió para arrancar y tomar la decisión de dedicarme a las dos tareas: enseñar inglés y trasvasar textos y palabras a nuestro idioma. Sé que tal como está el sector de la traducción, sobre todo la traducción literaria, es imposible vivir solo de traducir libros y querer ganar lo suficiente para cubrir las necesidades del mes, por eso la mayoría tenemos que dedicarnos a hacer más cosas y combinar otras actividades con traducir. Os contaré un poco mi experiencia cuando inicié este camino, y las conclusiones que puedo sacar después de algún tiempo trabajando como profesor.

Siempre me han gustado las lenguas y mi convivencia con el inglés viene de lejos. Llevo en contacto con él desde el instituto y las etapas de mi vida en que quise avanzar cada vez más de nivel me han proporcionado gran satisfacción a través del aprendizaje. Para conseguirlo, compraba libros de gramática y de autoestudio ya que el nivel que nos daban en secundaria lo consideraba escaso (creo que en el último curso nunca pasamos del A2), y las clases me empezaron a aburrir. Fue entonces cuando me puse en plan autodidacta con el inglés, hasta que llegó el momento de recurrir al apoyo profesional de las academias para consolidar conocimientos y obtener un primer título. Le tenía ganas al Proficiency, porque se había convertido en casi una obsesión. Fue muy curiosa la vía de acceso a las clases preparatorias, pues esto también me ayudó a empezar a trabajar como profesor. Yo ya tenía un nivel C1 y quería pasar al siguiente, así que enfoqué el curso de esta manera: reforzar el speaking con un nativo y dedicarme a estudiar el resto por mi cuenta, eso sí, con la condición de que la profesora me corregiría las otras partes de que se compone el examen.

El caso es que antes de empezar las clases ella quiso tener una charla conmigo. La candidatura de estudiantes para el nivel C2 no es muy frecuente, y mientras me preparaba para el certificado me ofreció empezar a dar clases a alumnos de nivel avanzado para mantener fresco el nivel hasta la fecha del examen. Eso sí fue de verdad una sorpresa para mí. Había acudido para consolidar el inglés y en menos que canta un gallo salí con un «título» de profesor debajo del brazo. La oferta no era para tirar cohetes, pero me permitía seguir adelante.

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Por la manera como me han ido hasta ahora las cosas, puedo decir que es realmente importante intentar conseguir algo de trabajo durante la carrera o los estudios que nos tengan aún inmersos en nuestra formación. Si de verdad queréis probarlo, buscad actividades afines que durante la carrera os permitan ganar experiencia laboral. No esperéis al último año para empezar a buscar trabajo, por pequeños que sean los encargos de traducción enriquecerán vuestro currículo y ganaréis puntos a favor. El voluntariado en oenegés y en los blogs de noticias como Global Voices (en el que colaboro traduciendo artículos) son un buen comienzo para demostrar nuestras habilidades lingüísticas y poder ayudar sin ánimo de lucro. La enseñanza de idiomas a cualquier nivel también puede ser una buena oportunidad para compaginar la actividad de traductor y ganar más, así que tenedlo presente.

Hasta la próxima entrada.

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