La industria del lenguaje

El lenguaje oral siempre ha precedido al lenguaje escrito. Al nacer, aprendemos a hablar antes que a escribir y cuando escuchamos los primeros sonidos, aprendemos a pronunciarlos y a formar palabras. Luego las concatenamos para formar frases y expresiones que necesitan ser expresadas por escrito y retenidas en la memoria del papel, ya que nuestra propia memoria es efímera y no basta con guardar en ella toda la información.

Aunque hay otras disciplinas dentro de la industria del lenguaje (interpretación, traducción audiovisual, subtitulación, etc.), voy a hablar en esta entrada de la traducción en el ámbito industrial y no del puramente estético de la profesión. Para ello me he basado en algunos datos que corren por la red y también parto del punto de vista del estudiante universitario, de quien todavía no tiene demasiada experiencia en estos lares.

La traducción es la profesión que más presupuesto mueve en el mundo y sin embargo también es una de las más infravaloradas. ¿Quién se fija en si el prospecto de un medicamento está bien escrito? ¿A quién le importa el nombre del traductor que hizo posible que los clientes estuvieran convencidos de comprar los productos de una empresa después de leer el catálogo? Esta indiferencia se debe al hecho de que la profesión de traductor sigue siendo, aun hoy, invisible.

Para los traductores que trabajan en una agencia de traducción esto no es nada nuevo. La impresión que les suele causar trabajar en nómina es como la de un administrativo que echa muchas horas en su lugar de trabajo, con la excepción de que en vez de manejar datos comerciales o de facturación ellos manejan palabras y datos lingüísticos. El servicio exportado a otras empresas es simplemente aceptado como una transacción comercial más, pero no suficientemente valorado. Y no hablemos ya del traductor autónomo.

Dejando de lado estas consideraciones, las empresas que tienen proveedores de servicios de traducción consiguen expandir su negocio gracias a la comercialización lingüística de sus productos. La fase previa a la venta cuenta con el apoyo de traductores profesionales. Con la inmersión de las lenguas en una economía globalizada, hay multinacionales que han crecido por la publicidad, y en parte también por la labor traductoril realizada con sus productos.

Cruzando fronteras en los negocios

Pongamos el ejemplo de IKEA. Esta empresa sueca se dedica a la venta de muebles que se montan prácticamente solos. Uno se los puede llevar a casa y ensamblarlos sin ayuda de nadie, solamente de un folleto. El diseño de sus productos es moderno y minimalista, lo que se refleja en la descripción de sus artículos y a la hora de economizar las palabras. Según explican en su libro Nataly Kelly y Jost Zetsche:

Ikea depende en gran medida de sus catálogos impresos para vender, y para ello invierten aproximadamente un 70% de su presupuesto anual.

En realidad, basan sus ventas en la imagen potencial del catálogo y en la escasa descripción de su contenido. Por otra parte, en las etiquetas basta poner un nombre intraducible para dar a conocer los artículos. Una parte del reducido margen de presupuesto que les queda lo invierten en traducción, cuyo volumen de trabajo se mantiene gracias a las enormes ventas generadas en sus centenares de filiales. El resultado obtenido es que se incentiva el negocio de la traducción, y de esta manera los traductores siguen teniendo trabajo gracias a la continua escalada de ventas de la multinacional.

Si hay realmente pocas palabras que traducir en la descripción de un producto, podríamos pensar que no son suficientes para dar trabajo al sector de la traducción, pero es todo lo contrario. Con estrategias de negocio como las de IKEA, cualquier empresa podría seguir proporcionando trabajo a agencias de traducción y a autónomos solo con cambiar el catálogo cada cierto tiempo.

Un pequeño milagro japonés

Todos sabemos lo laboriosos que son los japoneses y la industria que tienen. Fabrican todo tipo de productos en casi todos los sectores (informático, automoción, fotográfico, videojuegos), pero en lo que se refiere a la fabricación de motocicletas, Yamaha y Honda han sido eclipsadas por la irrupción en el mercado nipón de la americana Harley-Davidson, todo gracias a la traducción.

Los japoneses son gente muy curiosa y despierta. Cuando se compran algún cachivache esperan que venga acompañado de un manual de instrucciones para devorarlo, pues suelen tunear las nuevas adquisiciones, y si no fuera por el manual traducido no podrían convertir la Harley-Davidson en una moto adaptada a sus gustos. De hecho, esta empresa americana ha traducido desde sus inicios los manuales y folletos técnicos de sus motocicletas a numerosos idiomas. En Japón tienen el negocio garantizado. Allí la motocicleta no se contempla sino como un deporte que se disfruta en compañía de otros moteros, al contrario que en China.

La inversión en traducción genera a la compañía una facturación increíble. Sus negocios internacionales le aportan ingresos de más del 30% de la facturación anual, y no se prevé que vaya a descender. Solo con abrirse el mercado chino a la importación de motocicletas de recreo, lo cual de momento parece improbable, aumentaría considerablemente la demanda de los servicios de traducción por parte del fabricante.

La otra cara: las malas traducciones

Para terminar este apartado, me gustaría mencionar el ejemplo de una empresa que pagó muy caro un error de traducción cometido por un proveedor de servicios lingüísticos. Traduzco directamente:

Cuando las malas traducciones cuestan millones: El gigante de servicios financieros y de banca HSBC realizó una campaña popular con el lema «Algunos logros alcanzados por el hombre han sido posibles gracias a que no lo han dado todo por hecho». Esta frase se tradujo mal en muchos idiomas, y la parte final se dejó como «…no han hecho nunca nada». ¿Cómo reparar el daño ocasionado a la marca? Pues llevando a cabo otra campaña de reposicionamiento que les costó 10 millones de dólares.

(Fuente: Found in Translation y HSBC tries to do something in private banking).

Este segundo caso pasó en un contexto periodístico:

Un error de traducción provoca el pánico en la Bolsa: El corresponsal Guan Xiangdong, del servicio de noticias China News, escribió en 2009 un artículo sobre el impacto que causaría una posible revalorización del yuan. Una mala traducción de su artículo hizo estallar el caos en el mercado de valores que provocó la caída del dólar, y como resultado muchos gestores y operadores de bolsa empezaron a abandonar la divisa norteamericana por la asiática.

(Fuente: Found in Translation).

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