Extranjerismos (I)

Quiero inaugurar una serie de entradas que hablen de cosas que uno aprende en la universidad. Tal vez sea porque soy estudiante, pero me resisto a dejar en un cajón de sastre aquello que me está ayudando a formarme como futuro traductor. Cada día entro en un aula virtual para consultar y participar en los foros, entrego mis actividades a tiempo y aprendo interactuando con los compañeros. También asimilo con rapidez los nuevos conceptos, por lo que me gusta pensar que saco provecho de la labor docente de profesionales que, como nosotros, un día empezaron a jugar con las palabras y ya no pudieron dejarlo.

Venga, echémosle ganas; hoy empezaré con los extranjerismos. En mi cuarto semestre hice una presentación audiovisual de este fenómeno lingüístico como trabajo de lengua. A día de hoy sigo pensando que es un tema complicado, porque no existe la fórmula mágica que provoque su absoluto rechazo o bienvenida. No hay consenso que haga decantar la balanza. Casi nadie se para a pensar por qué los usamos, salvo lingüistas, estudiantes de lengua y traducción y quienes utilizan el idioma como herramienta de trabajo. Es difícil hallar fuentes que no disientan de la problemática generada por los extranjerismos. La incorporación de palabras foráneas en el uso de la lengua cuenta con sus detractores y defensores. Es un aspecto del idioma que genera discusión entre los hablantes —incluso debate en los círculos académicos— pero mi intención aquí es más divulgativa; trataré solo de refrescar algunas cosas que nos ayuden a pensar de otra forma al respecto.

Los extranjerismos son palabras que tomamos prestadas por influencia de una lengua extranjera. Hacemos de tripas corazón y, dada nuestra idiosincrasia integradora, los asimilamos rápidamente. En esto consiste el uso inteligente de la lengua, en aceptar nuevas incorporaciones sin pensar que van a dañar nuestro léxico. Pero si lo hacen, ya es demasiado tarde para cuando queremos darnos cuenta. ¿Es necesario, pues, mantenernos a la defensiva? Si os doy mi opinión, no queremos que el debate deje de entretenernos, alimentado como está por la constatación de la realidad lingüística de la calle. La mayoría utilizamos las palabras al uso de otra lengua para explicar nuevos conceptos sobre moda, tecnología e Internet. Los anglicismos se llevan la medalla en este siglo tan virtual. Nos parecen algo cool, y aunque personalmente defienda su inmediata adaptación al idioma —como cualquier otro extranjerismo— todo el mundo los utiliza como si no tuvieran una procedencia. Hay comunidades lingüísticas con un registro pobre de la lengua que cuentan entre sus recursos expresivos con estos préstamos, y para comunicarse salvan sus deficiencias llenando con ellos las lagunas que no abastece su castellano.

La RAE se opone discretamente a la incorporación de extranjerismos a la ligera, pero el problema está en cuando la realidad cambia tan rápido que emergen nuevos conceptos. Surge entonces la necesidad de inventar otros vocablos que describan el concepto u objeto de reciente creación. Los ámbitos pueden ser diversos, como el cultural, y las áreas del conocimiento variadas (antes mencionaba la tecnología y la moda como las más familiares). Nacen los neologismos como una opción de vocabulario. Puede que nos cueste aceptarlos, pero al final lo hacemos. Palabras como CD-ROM existen desde hace mucho. La Real Academia de la Lengua adoptó —tomó prestado— esta palabra que describía una nueva tendencia de escuchar música que desbancaba al vinilo. El compact disc se convirtió desde entonces en un objeto cotidiano y con el tiempo se adaptaron sus siglas, que al poder leerse como una sola palabra (acrónimo) se lexicalizaron como cederrón y luego cedé. Sin embargo, aquellas otras palabras que lleva tiempo adaptar léxicamente al idioma aparecen en cursiva en el diccionario, pero son aceptadas como nuevas voces. Los vemos escritos, los oímos decir y no nos lo creemos, pero por chocante que sea al principio y lo ridículamente extraño que suene, no lo es tanto después de utilizarlos un tiempo. Los hablantes somos los primeros que decidimos si queremos usar un extranjerismo. Si claudicamos, entonces es necesaria una grafía española lo más cercana a la palabra de origen, de lo contrario no aceptamos la adaptación.

Y ya que ha salido la palabra, dentro de la gran variedad de neologismos están las variaciones populares que castellanizan los anglicismos de uso cotidiano, lo que da lugar a una jerga. Por ejemplo, preferimos decir «emilio» para referirnos al email, y «tostadora» para cuando en su momento utilizábamos más la grabadora de cedé.

Los puristas insisten en mantener a raya términos que quieren ganar la partida a palabras del diccionario que explican de sobra el significado de las nuevas tendencias, las modas, las nuevas tecnologías y la ciencia. Pero ¿en realidad los aceptamos tan fácilmente como creemos? ¿Cuánto hay de cierto de la injerencia del inglés en nuestro idioma? Hace dos años la RAE colgó un video en Youtube para defender la lengua con un meme publicitario lleno de anglicismos. Concluían que para el consumidor podía resultar engañoso comprar el producto sin entender lo que le ofrecían. Y en realidad es así, nos lanzamos a comprar algo sin saber qué nos dicen los extranjerismos que acompañan el anuncio. Y no es por no saber inglés, sino porque todo suena mejor en esta lengua y damos por sentado que es bueno así.

Palabras como freaky, web log, manspreading enriquecen nuestro léxico, pero, por otro lado, a los que redactamos nos dicen que tenemos que bregar con extranjerismos en constante inmersión en el castellano. Como en la universidad debemos presentar nuestros trabajos haciendo un buen uso de la lengua, esto implica tener que erradicar de nuestro discurso, y no de nuestro speech, anglicismos varios, para llegar a ser buenos oradores y no unos speakers, y una vez finalizado todo enviar nuestro trabajo por correo electrónico en vez de por email.

Viendo hacia dónde va todo, se hace imprescindible integrar en nuestra lengua palabras que todo el mundo utilice a nivel global, muy a pesar nuestro y de las barreras alzadas. Es un fenómeno imparable debido el auge de Internet y la globalización, no lo olvidemos. Pero frente a los que defienden a capa y espada los extranjerismos, me cuento entre los que asumen una postura mediadora y se inclinan por usarlos según el contexto en que se mueven, para seguir enriqueciendo la lengua y avanzar con un mundo en constante movimiento. ¿Seremos capaces de adaptarnos al cambio? ¿Qué pensáis vosotros?

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