La lengua en que nos gusta leer

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Somos lectores porque a la mayoría nos gusta leer. La lectura es uno de los pocos placeres de la vida que podemos disfrutar de forma autónoma sin necesidad de compartirlo. Salvo con el escritor, que ha narrado una historia para nosotros y buscamos su complicidad. Una vez metidos en ella trabamos lazos insospechados con el autor y sus personajes.

Desde que tenemos uso de razón, nuestro conocimiento de la realidad y la curiosidad por las cosas que nos rodean se alimentan a través de los libros. Esos objetos que aprendes a valorar más a medida que creces, porque te los regalaron tus padres o los cogiste prestados de la biblioteca de la escuela. Momentos apasionantes donde los haya, frutos vitales de la primera edad. Esa emoción que se siente al reparar en la confianza que alguien te da para custodiar durante unos días pequeños tesoros que te llevas a casa. Te hacía madurar y ser responsable. Los fines de semana pasaban como un soplo, pero también transcurrían con gran pasión y entretenimiento. No existían las series ni películas en streaming para reproducir a tu antojo; no hacía falta: la televisión pasaba a un segundo plano cuando leías.

Un día te pones a hacer los deberes y ves esos objetos con hojas en tu habitación pequeña y oscura. Descubrí el placer de leer a base de observar —con la distracción habitual del que sabe que no tiene clavados en la nuca los ojos de su tutor— la minúscula estantería que tenía delante, sobre el escritorio. Pensaba quién podría haberla colgado allí, puesto que nunca vi al carpintero traerla desde su taller y montarla ni que los vecinos ayudaran a transportarla. Concluí entonces que había estado en la pared forrada de papel pintado desde tiempo inmemorial.

Fue así como encontré mis primeros libros, íntimos, cercanos, que me llevaban a mundos lejanos y me enfrascaban en mil y una aventuras. Las colecciones que se editaban eran envidiables. Olvidaba terminar los deberes y agotaba las horas de muchas tardes leyendo, hasta que la luz tenue que apenas iluminaba la estancia disminuía aún más cuando oscurecía. Entonces sentía la comezón en los ojos. Jóvenes lectores, permitidme un consejo: al leer hacedlo con suficiente luz, no mostréis una voracidad extrema antes de encender la lámpara y no se distingan las palabras. Vais a poder continuar con la linterna bajo las sábanas para acabar esa historia que tanto os entusiasma.

Mi padre estudió lenguas cuando era joven. Compró algunos libros en inglés, los trajo a casa y los alineó al lado de los demás en el estante. Poco después tuvo que dejar de estudiar por falta de tiempo y dinero. Sin embargo, yo fui un privilegiado ya en la época del instituto, donde el inglés ejerció un interés inusitado en mi afición a leer. En primer lugar, sentí un flechazo con los libros de texto, y en segundo lugar aprendía rápido y mostraba facilidad para las lenguas. Llegué a aventajar al resto. También mejoré mi destreza lectora con ediciones adaptadas de clásicos de la literatura inglesa, lo que suscitó una mayor afición por acercarme a los libros y más curiosidad por mi entorno.

Es cierto que cuando aprendes una lengua sumas una cultura distinta a la tuya. Añades conocimientos que no hubieras podido lograr de otra forma. Para empezar, los variados artículos sobre traducción y otras curiosidades relacionadas con los idiomas son imprescindibles para formarse, especialmente en la cultura de la lengua materna, ya que con ella dices las primeras palabras. Todo el mundo sabe que dominar el inglés hasta un nivel avanzado hace que aumente la sed de perfeccionar la lengua nativa. Y por qué no decirlo, conocerla bien es un método eficaz para ponerse las pilas y no hacer el ridículo delante de amigos que han decidido aprender español en el Instituto Cervantes y alojarse en tu casa durante el curso.

A todo esto, llega mi planteamiento inicial: qué lengua nos proporciona más placer y disfrute cuando leemos. Aunque leo con fluidez y me entero de casi el 99 % de lo que se escribe en inglés, disfruto más haciéndolo en español. El conocimiento que tenemos de un idioma afecta al valor que le damos a nuestras lecturas, pero es de justicia afirmar que la lengua nativa es dueña primera de nuestro corazón. Alguien dijo una vez: «La mayoría lee porque les gusta un tema, pero solo una minoría lo hace porque les apasiona la lengua. Los primeros no saben lo que se pierden.»

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